Archivos para el mes de: enero, 2018

 

Hace unas pocas noches miré un vídeo de la película Tarzán, la versión de 1932 en la que actúa Johnny Weismuller. El libro, Tarzán de los Monos, fue escrito en 1914 por Edgar Rice Burroughs (1875-1950). Es difícil ahora entender cuán exitosas eran las historias de Tarzán en ese entonces. A mediados de los años 1920 todos los chicos de mi escuela las estaban leyendo; yo leí una y a la verdad no me interesó mucho. Hasta la noche en que vi ese vídeo solamente había visto unos pocos minutos de una reciente versión para la televisión.

Las historias de Tarzán fueron versiones posteriores del mito del “noble salvaje” de Rousseau. Tarzan era el hombre natural, cuidado, protegido y “educado” por los monos; apartado de la civilización y poseedor de una bondad y nobleza naturales. Contrastado con el hombre de la civilización Tarzán es el bueno, debido a su condición de natural. Al conocer a Jane El es el perfecto caballero, siguiendo el patrón de conducta en que fuera educado por los monos. La historia de Tarzán era el mito del noble salvaje elaborada para las masas. De diferentes maneras el mito fue continuado: el criminal, como la persona que no pertenece al ambiente natural, se volvió, en las versiones de 1930, la nueva víctima de la civilización y a menudo se convirtió también en un héroe noble. Luego, en los años 60 se les dio ese rol a los negros por parte de los medios de comunicación; por supuesto, no a los negros educados y exitosos, sino a los prototipos de los ghettos. ¡Para ser héroe se necesitaba estar fuera de la civilización!

Pero, hace algunos años, Mario Praz, en el libro La Agonía Romántica, demostró cómo esta noción romántica ha tomado un descenso vertiginoso desde el concepto de nobleza natural hasta la depravación natural. Un novelista de 1974 hizo que uno de sus personajes admitiera, “La conquista es todo cuanto me importa. El odio es mi afrodisíaco”. ¡El hombre natural estaba comenzando a mostrar sus vendas caídas! Y no pasó mucho tiempo para que los nuevos héroes culturales, siguiendo la tradición de Rousseau, fueran homosexuales, uno de ellos ubicado en Inglaterra declarando que la de ellos era la verdadera cultura porque era totalmente artificial, ostensiblemente libre tanto de Dios como de la naturaleza.

“Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte”. Vivimos en una cultura amante de la muerte que con el tiempo se destruirá a sí misma. Mientras más se separa de Dios, más se separa a sí misma de la vida. En mis días de estudiante el solipsismo era algo que hacía pensar a muchos, es decir, la conclusión de que uno no puede saber ni conocer nada excepto a sí mismo, y de que el conocimiento más allá de uno mismo es imposible. Antes de que pasaran varios años ya el existencialismo había abrazado esta misma conclusión triunfantemente. Como resultado, el solipsista individual, como la única realidad, era el hombre natural de Rousseau, no sólo rechazando la civilización sino también proclamando su barbarie como el nuevo evangelio de los 60. El noble salvaje de Rousseau y el noble hombre mono de Burroughs se estaban volviendo destructores. El conocimiento prohibido y las experiencias prohibidas dejaron de existir. La cultura de la muerte comenzó a prevalecer.

Sin embargo, al mismo tiempo, en medio de la confusión generada por el pietismo y su evasión de la realidad, una cultura Cristiana comenzó a emerger. Las Escuelas Cristianas y las Escuelas en el Hogar comenzaron a crecer y a diseminarse rápidamente. Rodeadas por las evidencias de un mundo en agonía, un nuevo mundo está en gestación. El viejo orden se aproxima a su muerte. ¡Por lo tanto regocíjense! Nos estamos moviendo del Hombre-mono de Rousseau al nuevo hombre en Cristo.

Rousas Rushdoony

Tomado de Chalcedon Report, May 1997.

 

 

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EL ESTADO ES UN MAL INHERENTE
Trey Smith

Una creencia de muchos cristianos, que forma una cosmovisión incorrecta, es la creencia de que el Estado es una buena dadiva de Dios y, por lo tanto, es inherentemente buena. Si el Estado es inherentemente bueno, entonces desafiar la existencia del Estado significa desafiar la bondad de Dios. Mi tesis en este artículo es que el Estado no es inherentemente bueno, que no es una buena dádiva de Dios y es, en realidad, inherentemente malo. James Madison en The Federalist Papers [los documentos federalistas]: escribe “¿Pero qué es el gobierno en sí mismo, sino la mayor de todas las reflexiones sobre la naturaleza humana? Si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario “(El Federalista No. 51). Madison, en defensa de la Constitución y la formación de un gobierno federal, no hace ningún llamamiento a un bien inherente del gobierno. De lo contrario,

Madison ve al gobierno como un mal necesario necesitando de ser controlado. Si la Constitución oferce tal control, es una cuestión para otro momento. Sin embargo, el padre de la Constitución no consideró el gobierno inherentemente bueno. Sea cual sea el entendimiento de los fundadores del gobierno de los Estados Unidos, el cristiano seria beneficiado al mirar las Escrituras para formar una base para la comprensión del gobierno terreno como inherentemente bueno o inherentemente malo. El relato de Génesis de Caín y Abel proporciona una comprensión clave acerca de la formación de gobernanza terrena en contraste con la del Reino de Dios. La explicación para tal contraste entre el Reino de Dios y el reino del hombre es mejor ilustrada por parte de Agustín en la Ciudad de Dios.

Agustín escribe en la Ciudad de Dios: “De estos dos primeros padres de la raza humana, pues, Caín era el primogénito, y él perteneció a la ciudad de los hombres; después de él nació Abel, el cual perteneció a la ciudad de Dios. Así como en el individuo la verdad de la afirmación del apóstol es discernida: “Pero no es primero lo espiritual, sino lo físico; luego, lo espiritual.”, 1 Corintios 15:46. De ahí que cada hombre, siendo derivado de un tronco condenado, es, ante todo, nacido de Adán de forma mala y carnal, y se vuelve bueno y espiritual sólo posteriormente, cuando es injertado en Cristo por medio de la regeneración — así también era en toda la raza humana como un todo. Cuando estas dos ciudades comenzaron a desarrollarse por una serie de muertes y nacimientos, el ciudadano de este mundo fue el primogénito, y después de él, el extranjero en este mundo, el ciudadano de la Ciudad de Dios, predestinado por la gracia, elegido por la gracia, por la gracia un extranjero abajo, y por la gracia un ciudadano de lo alto. Por la gracia — pues tanto cuanto se refiere a sí mismo, él es nacido de la misma masa, toda ella está condenada en su origen; pero Dios, como un alfarero (pues esa comparación es introducida juiciosamente por el apóstol, y no con falta de pensamiento), de la misma masa hizo un vaso para el honra, y otra para deshonra (Romanos 9:21). el Primer vaso para deshonra fue echo y después de este otro para honra, Pues en cada individuo, como ya he dicho, existe, en primer lugar, aquello que es reprobable, por el cual debemos comenzar, mas en el cual no necesariamente necesitamos permanecer; después hay lo que es loable, a lo que podemos, al alcanzar, llegar, y en el cual, cuando lo hayamos alcanzado, podamos permanecer en ello. No, de hecho, que todo hombre malo venga a ser bueno, ya que nadie será bueno sino no fue, en primer lugar, malo; pero, cuanto más rápido cualquiera se convierta en un hombre bueno, tanto más rápidamente él recibe ese título, aboliendo el viejo nombre en el nuevo.

Asi,, es relatado acerca de Caín que él edificó una ciudad, Génesis 4:17, pero Abel, siendo un peregrino, no edificó ninguna. Pues la ciudad de los santos es de lo alto, aunque abajo ella genera ciudadanos, en los cuales ella peregrina hasta el tiempo en que llegue su reino, cuando ella reunirá a todos en el día de la resurrección; y, a continuación, será el reino prometido dado a ellos, en el cual ellos reinaran con su Príncipe, el Rey de los siglos, tiempo sin fin “(Libro XV, Capítulo 1).

¿Qué podemos derivar del hecho de que Caín edificó la primera ciudad terrena? Caín tuvo que establecer la gobernanza civil al edificar la primera ciudad, siendo que la gobernanza de esta ciudad no era de Dios, como es el caso con la Ciudad de Dios o el Reino del Cielo. La gobernanza civil fue instituida después de la caída del hombre. La gobernanza civil no fue una institución que Dios creó y declaró como buena en el sexto día de la creación. Caín, no siendo un ciudadano de la Ciudad de Dios, instituyó una gobernanza civil como resultado de su mala naturaleza en oposición a la Ciudad de Dios y la gobernanza perfecta de Dios. El hecho de que la gobernanza civil ocurrió después de la caída del hombre, en oposición a la gobernanza de Dios, y fue establecida por parte de Caín, da clara autoridad Bíblica para concluir que el Estado terreno no es inherentemente bueno, sino inherentemente malo y es una antítesis a la Ciudad de Dios.

Más apoyo sobre el mal inherente del gobierno es dado por parte del filósofo Gordon Clark. En A Christian View of Men and Things [Una Concepcion cristiana de los hombres y de las cosas], Gordon Clark escribe lo siguiente: “Evitando así la disyunción entre el gobierno natural de Aristóteles y el gobierno convencional de Rousseau, la teoría cristiana de política es consistente con su comprensión de la naturaleza humana como ésta, ahora de hecho lo es. Todos los sistemas no teístas suponen que la condición actual del hombre es moral; el sistema cristiano concibe a la humanidad actual como anormal. Esto responde una cuestión que es ocasionalmente planteada en discusiones políticas sobre si el Estado es un bien positivo o esencialmente un mal. La respuesta cristiana es que el Estado no es un bien positivo o incondicional, sino en lugar de un mal necesario. Para hacer justicia a la concepción cristiana, se debe insistir en ambos el adjetivo y sustantivo. El Estado es un mal no sólo a causa del abuso de poder por parte de los magistrados, sino también porque interfiere con la libertad e introduce una superioridad inatural entre los hombres. La depravación total del hombre, su naturaleza pecaminosa, su falta de bondad, contribuyen a la prueba de que el Estado no es inherentemente bueno, sino un mal necesario. Conozco completamente cualquier pasaje bíblico que explícitamente afirma o desde el cual alguien puede derivar la premisa que el Estado es una buena dádiva de Dios o inherentemente buena. Los versos o el grupo de versos más probables para tal premisa deben ser el frecuentemente citado Romanos 13: 1-7. Romanos 13: 1-7 (KJV) “Toda alma esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no venga de Dios; y las potestades que han sido ordenadas por Dios. Por eso quien resiste a la potestad resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten traer sobre sí mismos la condenación. Porque los magistrados no son terror para las buenas obras, sino para las malas. ¿Quieres, pues, no temer la potestad? Haz el bien, y tendrás alabanza de ella. Porque ella es ministro de Dios para tu bien. Pero si haces el mal, teme, pues no trae de la espada; porque es ministro de Dios, y vengador para castigar lo que hace el mal. Por tanto, es necesario que le estéis sujetos, no sólo por el castigo, sino también por la conciencia. Por esta razón también pagáis tributos, porque son ministros de Dios, atendiendo siempre a esto mismo. Por tanto, dad a cada uno lo que debéis: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; a quien temor, temor; a quien honra, honra”. Sin embargo, ese verso no dice que la función del ministro es buena, o que el ministro es bueno, o que el gobierno civil es bueno. El verso afirma que la función del ministro es usada por Dios para el bien. La función del ministro es un medio que Dios usa para nuestro bien. Este verso es consistente con el de Romanos 8:28 (KJV). “Y sabemos que todas las cosas contribuyen juntamente al bien de aquellos que aman a Dios, de aquellos que son llamados según su propósito. Ciertamente, ese mismo pueblo no argumentaría que “todas las cosas” son buenos dones de Dios o que “todas las cosas” son inherentemente buenas. Claramente, Romanos 13 no proporciona la base para la afirmación que el Estado o la institución de gobernanza civil es inherentemente buena, pero simplemente retrata a un magistrado civil como un medio para las buenas dádivas de Dios tal como la justicia.

Por lo tanto, el gobierno civil no es una buena dádiva de Dios y no es inherentemente buena. Buena gobernanza se hace sólo por medio de las leyes morales de Dios en la Ciudad de Dios solamente. En el reino terreno del hombre, el gobierno terreno fue inicialmente instituido por parte de Caín como resultado de fratricidio, lo que, a su vez, fue un resultado de la naturaleza pecaminosa del hombre desde la caída del hombre. El reino terreno fue instituido por la caída del hombre y el pecado. La gobernanza terrena es necesaria, pero eso no la hace ser inherentemente buena. Esta dicotomía proporciona, además, parte del entendimiento acerca de la importancia de la separación de iglesia y Estado. La gobernanza de la iglesia por medio de la ley moral de Dios donde Cristo es la cabeza, es inherentemente buena. Dios usa el Estado terreno como un medio para nuestro bien. Esto no significa que el Estado es bueno; significa que el resultado es bueno, sea justicia (lo que es bueno) o paz (lo que es bueno).

Si estamos de acuerdo en que la paz de Dios es una buena dádiva, entonces tiene sentido que la gobernanza civil esté basada en una ética política de paz. El Principio de la no agresión es, como tal, una ética política de paz sobre la cual se puede basar la gobernanza terrena necesaria.

Yo he escrito sobre tal ética política bíblica aquí. Rey Smith es un abogado de reparación de lesiones personales en el este del estado de Kentucky donde vive en una granja con su esposa y tres hijos. Un bautista reformado, Trey es miembro de la Primera Iglesia Bautista en la ciudad de Russell, KY, donde es activo en los ministerios de enseñanza y medios. Trey escribe en el blog www.primacyoftruth.com y él es un bloguero invitado en www.reformedlibertarian.com. Trey escribe sobre fundaciones bíblicas sobre política, economía y derecho a partir de la tradición reformada.

Traduccion: Raul Loyola Román